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Todos los derechos de la mujer

Por Andrea Lago,

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Un artículo en la página 47 del periódico español El País del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, mencionaba que pese a ser la mitad de la población, las mujeres sólo perciben el 10% de los ingresos mundiales. Se agregaba otra serie de datos que reflejan una realidad preocupante: alcanzado ya el tercer milenio, la mujer sigue siendo oprimida y discriminada.

La realidad es que pese a haber demostrado nuestra capacidad en las más diversas áreas laborales y profesionales, nos encontramos hoy aún por debajo del hombre en la mayoría de los ámbitos. Ejemplo muy claro y comentado últimamente es nuestra presencia en el mundo de la política, donde el nivel de presencia femenina es bastante bajo.

Observando esto, me surge una duda. En los países cuya constitución defiende la igualdad de oportunidades y derechos de todos sus ciudadanos, ¿cuál es la razón de esta menor participación? ¿Acaso la mujer no puede o no quiere?

En la misma página otro artículo hablaba del “trabajo invisible”. Mostraba que sólo en el cuidado de la salud de otros, la mujer dedica un 65% de su tiempo frente al 27% de los hombres. La mayor parte de este tiempo lo emplea en el cuidado de personas mayores de su propia familia, de los hijos u otros familiares. Ahorrando, dicho sea de paso, una buena cantidad de dinero al estado y por lo tanto a todos los contribuyentes que no deben costear más salarios e infraestructura sanitaria.

Al preguntarme la razón por la que todas esas mujeres se dedicaron a los suyos, enfermos o ancianos, no dudo que alguna me diría que lo hace porque no pudo costear una enfermera o alguna persona dedicada a ello, pero considerando que los servicios sanitarios son gratuitos en España, tal vez hubiese soluciones alternativas cuya adopción permitiese a muchas de ellas salir de sus hogares a trabajar fuera, dejando en “manos profesionales” a sus seres queridos.

Y entonces recordé a Cristina B., periodista argentina. Hace algunos años tomó la decisión de abandonar su trabajo para dedicarse al cuidado de su madre enferma. Hoy, su madre ya ha fallecido y ella se encuentra en una situación económica bastante difícil, pero repite con frecuencia, “si volviese el tiempo atrás, lo haría igual”. Creo refleja la opinión de muchas de esas mujeres que se dedican a este “trabajo invisible”. No lo hacen por obligación o por discriminación, lo hacen por amor. Las mujeres somos las “profesionales del amor”. Nadie mejor que una madre, una hija, una hermana para cuidar de aquellos que sufren. Nada resulta más doloroso para una mujer que verse imposibilitada de estar al lado de los suyos mientras sufren. Imposibilitada por necesidad económica, por carecer de tiempo del cual disponer, por encontrarse lejos o tantos otros motivos. El saberse necesitada y la entrega a los demás es un elemento que como mujeres nos realiza, nos confiere seguridad y satisfacción personal; es parte de nuestra naturaleza humana femenina.

El punto ahora es ¿cuál es la solución más justa para la mujer? Yo percibo tres posibles caminos, cada uno con sus ventajas y desventajas. El primero sería dejar las cosas como están, mantener este “trabajo invisible” observando su inevitable reducción sin modificar la situación, (en España el número de amas de casa ha disminuido en un millón en los últimos 10 años), con la posibilidad de encontrarnos dentro de pocos años sin un número suficiente y tener que aumentar los impuestos para cubrir esta necesidad.

Otra posibilidad sería continuar diciendo a la mujer que su realización no se encuentra en el hogar, y llevarla a buscar fuera de la “esclavitud de la familia” su felicidad (como hacen muchos movimientos, grupos y personas que, convencidos de esta verdad, promueven la salida de las mujeres a trabajar fuera de sus hogares). Y existe una última opción posible, hacer “visible” esta verdadera profesión de esposa, madre y “administradora” del hogar y de la economía familiar. Es justo ofrecerle a la mujer una remuneración, facilitarle las cosas a aquellas que optan por dedicarse al cuidado de los suyos, ayudarlas de diversas maneras: económica, laboral, legislativamente para que no se encuentren obligadas a dejar en un hospital o asilo a su hijo o a su madre.

Es un buen momento para volver la mirada a este asunto. Las conferencias sobre la mujer se multiplican en todo el mundo y las iniciativas destinadas a asegurar su igualdad y el respeto a sus derechos surgen en casi todos los países. Hay un derecho que podemos pedir sea reivindicado por y para las mujeres: el reconocimiento de su labor como madre, esposa, ama de casa y muchas veces, incluso enfermera de los suyos. Queremos reconocimiento de nuestros derechos; éste es uno.

En muchas de estas conferencias, incluidas las organizadas por la ONU, se discute si hombres y mujeres somos de sexos o géneros diferentes; se lucha por el reconocimiento de matrimonios entre homosexuales o lesbianas; se promueven medidas para la reducción de los índices de natalidad en los países en desarrollo; se pide que se “solicite sin presiones” a los países del Tercer Mundo disminuir los índices de natalidad, mientras aquí en Europa, se fomenta tener más hijos (visión de igualdad de derechos un poco extraña ¿verdad?).
Las lesbianas, las pro-choice están fuertemente representadas ¿y nosotras?, ¿las mujeres de la vida diaria, las profesionales, amas de casa y madres deseosas de dar un mundo mejor a nuestros hijos, no tenemos derecho a ser representadas? Nuestros derechos son tan importantes como los suyos y pocas han enarbolado esta bandera. Tal vez resulta menos ventajosa, menos lucida o incluso más arriesgada frente a una opinión mundial muchas veces adversa. Pero es indiscutible que nos están marginando, que por una opción de algunas que se han acreditado tener el monopolio de la verdad nos están discriminando.

Hablemos de derechos de la mujer, pero de todos y comencemos por los más básicos y fundamentales: el de tener libertad y posibilidad de hacer lo que deseamos y creemos es lo mejor para nosotras: tener a nuestros hijos y educarlos nosotras, acompañarlos en los momentos de sufrimiento, de dolor y también en los de alegría, de gozo, de descubrimiento del mundo; con la certeza de contar con una sociedad que nos ayude y apoya porque nos ofrece a las condiciones que nos lo permiten.

Mujer Nueva, 2000-10-17