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«Con la anorexia perdí la dignidad»

Inma llegó a contar uno por uno los granos de su escueta ración de arroz hervido. «Había 512», recuerda. Uno más hubiese sido un atentado a su dieta. Hoy se ríe de aquel gesto ridículo, pero entonces era una cuestión de vida o muerte, porque para una persona hundida en el infierno de la anorexia, un macarrón de más en el plato es toda una agresión.

Esta vitoriana de 23 años acaba de publicar el libro 'El bambú japonés', donde narra su lucha contra un trastorno de la alimentación -una enfermad que afecta a entre el 1% y el 3% de la población en Euskadi- que casi la aniquila. Pero Inma venció y se recupera de siete años de inanición, trece ingresos en el hospital -uno de ellos con sólo 36 kilos de peso-, un intento de suicidio a base de tragos de lejía y una dura infancia de ausencias y abusos. Bajo el seudónimo de Ilargi Mendian (Luna en el monte), esta estudiante de tercero de Enfermería relata cómo empezó a dejar de comer, a adelgazar, a aislarse y a descargar su ira sobre su abuela y su hermano, dos de las personas que más le han ayudado. Pero, sobre todo, habla de cómo, cuando los médicos ya le daban por «desahuciada», logró volver a reír y recuperó el apetito, los kilos y a los amigos.

«Llegas a perder tu dignidad, a sentirte un parásito de la sociedad. Cuanto más peso pierdes o más comes y luego vomitas, más pequeña te sientes. Pero también crees que el mundo es cruel y que te da de lado porque estás enferma, cuando la que realmente da de lado al mundo eres tú», explica, con serenidad, pero sin ocultar el sufrimiento.

Inma es rubia, lleva el pelo corto y mide 1,69 metros. Ahora pesa «49 ó 50 kilos, no sé, ya no me peso en farmacias» y sabe que aún está delgada. Ya no se engaña. Se lo dice todos los días, porque también a diario intenta analizar qué es lo que le empujó a dejar de comer y que, todavía hoy, de vez en cuando vuelve como un fantasma. «El problema no es sólo que quieras estar delgada por estética. No es tan simple», resume. En su caso, una mezcla de inseguridad, miedo y conflictos internos le puso una tarde ante el espejo y le devolvió una imagen deforme. Tenía 15 años y empezaba su descenso al infierno. «Yo no estaba bien, era una manera de gritar. Tenía mucho miedo a crecer. Necesitaba que alguien me protegiese».

36 pulsaciones

En un mes perdió los primeros diez kilos. Dejó de interesarse por todo lo que le rodeaba menos por la comida. Esa era su obsesión. Primero escribía en un cuaderno todo lo que le gustaría saborear y que, por supuesto, no pensaba ni probar. Después pasaba tardes enteras en los supermercados, imaginando las sabrosas recetas que podía preparar con todos aquellos alimentos de los estantes. Pero en casa, lo que ingería cabía en la palma de su mano.

El diagnóstico de su enfermedad (anorexia nerviosa) fue rápido, tanto como sus sucesivos ingresos en las unidades de Psiquiatría. Tras capear las peores crisis, regresaba a casa y en unos días volvía a fustigarse con las kilocalorías. Llegó un momento incluso en que ya no sólo había declarado la guerra a la grasa de sus raciones, sino que pretendía poner a dieta a toda la casa. «Mi pobre abuela comía a escondidas para no tener que oírme», confiesa. También llegó a estrellar contra la pared más de un plato.

La enfermedad de Inma agotó la paciencia de casi todos sus amigos, que dejaron de llamarla. En esos años, sólo conoció a otras personas en su situación; como Raquel, con quien compartió trucos para desprenderse de más gramos. Después de seis años, su cuerpo se resentía y también su voluntad de seguir con vida. Estaba en los huesos y su corazón latía a 36 pulsaciones, ingresó en Galdakao y lloró cuando le pusieron el suero. «Le grité a la enfermera que eso tenía 70 kilocalorías», relata en su libro.

Allí tocó fondo. Otras, como su amiga Raquel, se quedaron en el camino, pero Inma hizo el esfuerzo. Ayudada por su familia, un psiquiatra, una psicóloga y los profesores y la asistente social de su instituto, sacó el bachiller con buena nota. Sus largas horas pegada al radiador o encogida en el sofá con los apuntes en la mano le valieron un premio al esfuerzo otorgado por la Caja Vital. Poco a poco empezó a llenar su mínimo estómago de nuevo, se atrevió a llamar a amigas para salir, se matriculó en Enfermería. El último trienio ha sido rápido. Inma ha tenido recaídas, de las que se ha recuperado con más fuerza. Los años sin regla y los vómitos le han provocado una osteoporosis precoz, desarreglos hormonales y problemas de estómago, pero está viva. «Esto ha sido una tortura. Es verdad que te mata, pero no hay que tirar la toalla. A mí me ha servido para crecer como persona», relata Inma. Ha elegido ser enfermera, porque «requiere contacto humano».
 
El correo digital, España, 2004-11-02


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