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Por favor, dejadnos fumar
Jocelyne

Martes 14 Junio 2005, 09:43 CET

Así que... ¿ser o no ser? Pregunté a Pepe. La nueva ley sobre el consumo de productos que contienen el nocivo mortal  tabaco se está acercando. A partir del primer día del año que viene los bares, cafeterías, restaurantes, comedores, etc. que tengan menos de cien metros cuadrados de espacio público tendrán que anunciarse en la entrada con un cartel que diga o ‘fumar’ o ‘no fumar’ (como si se tratara de la pregunta de Hamlet). La decisión será la del patrón. Los locales más grandes tendrán que instalar una zona separada para fumadores. Es todavía pronto para saber si los que no fuman y están en una zona de fumadores correrán el riesgo de una multa. Quizás las zonas reservadas para la gente que quisieran imitar a los carreteros en sus vicios más sencillos estarán obligadas a sentarse en reservados que se parecen a grandes tanques para los peces, vaciados para sus nuevos inquilinos. Detrás del mostrador, Pepe prendió un pitillo y me miró. -Aquí en este bar, -sentenció-, fumamos.

Pepe tiene una enorme clientela. Asistentes, vendedores, funcionarios, internautas, turistas, madres jóvenes con sus bebés, artesanos, jubilados que han escapado del refugio de en frente y los sencillos transeúntes de la zona, llamada La Calzada, la dirección más comercial del pueblo de Antequera: todos son clientes asiduos de La Madroña. Allí hasta las cucarachas fuman y en el invierno necesitas llevar una careta antigás para llegar más o menos sano al mostrador. Su vino blanco del país es frío y bueno y tiene un grifo de cerveza no alcohólica de barril (la versión embotellada es tan insípida que solo vale para refrescar a los cerdos). Claro, sus estanterías llevan la colección ubicua de todos los bares españoles, cien botellas llenas de pociones alcohólicas elaboradas para agilizar al cerebro, arrugar al estómago y asustar al hígado. Sus cocineras producen un sinfín de tapas tradicionales que Pepe ofrece a sus clientes en porciones generosas.

-¿Te molesta el humo a ti?, me pregunta durante un momento tranquilo.
Como cualquier joven de finales de la Segunda Guerra yo fumaba. Los americanos fueron generosos con sus chocolates y sus Lucky Strike. Cuando los soldados avanzaron hacia Alemania, mi hermana y yo logramos comprar unas cajetillas de la tienda de la esquina con dinero mangado del monedero de la abuela. Nuestra época como fumadoras no duró mucho tiempo; la abuela notaba el olor del tabaco en nuestro pelo y, además, no quería malgastar su pequeña renta en tonterías. Eso de fumar -¡Nada! Así que contesté a Pepe que, no, no somos fumadores nosotros, pero que el humo no nos molesta (a mi pareja y a mí). Una nube tóxica de mata consumida se fugó débilmente de algunas hendiduras de la cara de Pepe. El fantasma de un vaquero a su espalda tosió violentamente y encendió otro cigarillo con una cerilla. En el Bar Ardave en la Calle Merecillas (otra calle donde puedes comprar cualquier cosa, desde un imperdible a un impermeable ártico), un bar de 50 m2, el propietario está igualmente convencido. “Fumadores”. Luís, un cliente de toda la vida que prende un cigarillo nada más entrar, me explica: - si no hay humo, no hay bar.

Manuel, que dirige la tasca en la plaza bonita de Fernandez Viagas, el Bar Gueno, se lo dice a todos. -Si tres personas pasan por mi puerta es seguro que dos son fumadores. Si ven algo de “No fumar” pues, no entrarán. Así de sencillo. Yo tengo que ganarme la vida.

La Fuerza es una de estas braserías que puedes encontrar en cualquier barrio de París. Localizada bajo la puerta principal de la ciudad y cerca de la plaza de toros, La Fuerza ofrece cualquier cosa que puedas echar en falta de la oferta local de comidas y bebidas. El propietario Enrique me explicó que, cuando hizo sus reformas de este viejo edificio, su arquitecto insistió en un sistema de extracción fuerte. La Fuerza tiene, concretamente, cuatro extractores para hacer circular el aire en el bar y otro, más grande aún, en la cocina. Así que Enrique no tiene problemas. Su local mide mas de mil metros de espacio público pero con su bar escondido detrás de un enrejado y el cartel desagradable de “zona de fumadores” colgado encima, no tiene que preocuparse más.
Gracias a Enrique, llegé a la página en  Internet que explica los pormenores de esta nueva intentona del “estado canguro” de liderar a los mocosos que se supone que somos. Después de estudiar el dictamen desde todos los ángulos, llegué a la conclusión ineludible de que la ley nueva es muy ambigua. ¿Quién es el responsable si alguien saca un cigarrillo y hay una objeción? ¿El fumador, el director o el propietario? Leyéndola con cuidado, no lo dice.

¿Sabes lo último? Ahora, todas las viviendas nuevas tienen que tener un artilugio especial para controlar la temperatura del agua del baño. Demasiadas personas están muriendo cuando llenan sus bañeras con agua hirviendo. El sistema sanitario está colapsado... Yo tengo mi propio sistema, esta vez, ecológico. Cuando lleno mi bañera, el gato siempre intenta saltar a dentro. Si está demasiado caliente, la criatura escapa entre aullidos y gritos y se agarra a la cortina de la ducha. Si el gato nada, está a salvo para mí también. Según los canguros federales, todo es malo, peligroso, mortal, dañino e inaconsejable. Toda comida tiene toxinas, microbios insaludables, gusanos y algas. Coloreantes de ayer son carcinógenos de hoy. Coches, motos, bicicletas, chimeneas, antenas, cuevas, techos, plásticos, bebidas, conservadores, el voto negativo, las mascotas, las amistades, las relaciones y los enlaces. Sólo podemos fiarnos de los bancos, los impuestos y las loterías.

Radio Mojácar S.L.