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Victimismo de pago

Los militantes anti-tabaco y los abogados norteamericanos están de enhorabuena. Por primera vez un juez federal ha admitido a trámite una demanda colectiva contra las tabacaleras, acusadas de ocultar a los fumadores que la nicotina crea dependencia. Hasta ahora, las demandas contra las tabacaleras aducían los daños que causa el tabaco. Pero los jueces las desestimaban, porque se supone que desde hace veinte años eso no es un misterio para cualquiera que enciende un cigarrillo. Ahora las ligas anti-tabaco han cambiado de estrategia y denuncian claramente al tabaco como "droga" que crea dependencia. ¡Las criminales tabacaleras lo sabían y se lo ocultaban a los fumadores de buena fe!

Inmediatamente, los innumerables gabinetes de abogados han visto el filón: en Estados Unidos hay 40 millones de fumadores y 50 millones de ex fumadores, sin contar los padres o hijos de unos y otros. Según los abogados de los demandantes, puede incorporarse a la demanda cualquier fumador que no haya logrado dejar el cigarrillo después de que su médico se lo haya aconsejado por razones de salud. No es una voluntad débil, es un "drogadicto" por los tejemanejes de los fabricantes/traficantes de tabaco.

El caso sigue en el alero, pero es significativo del cóctel de histeria y pragmatismo que hoy se observa en el paisaje social americano. Histeria porque toda causa más o menos razonable acaba defendiéndose con aspavientos extremistas; y pragmatismo porque nunca falta el gesto de pedir indemnización. Es el moderno victimismo de pago. "Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero", decía la arrogancia rebelde de antes. Hoy lo que priva es el lamento interesado: "Mi cuerpo es mío, y tú debes pagar porque hago lo que no quiero". Antes se trataba de afirmar la propia libertad contra las reglas; ahora se busca la declaración oficial de adicto, para responsabilizar al otro del secuestro de mi voluntad.

Sartre dijo que "el hombre es el ser que manifiesta su libertad eligiendo sus esclavitudes". Pero reconocer que uno ha asumido libremente una dependencia y poner los medios para una gradual recuperación de la iniciativa, no entra hoy en los cálculos de muchos. Esto choca contra hábitos ciertamente arraigados de la cultura actual, que han acostumbrado a la obtención de la recompensa inmediata y sin esfuerzo: consumo con tarjeta de crédito; sexo sin cortejo; paz con pastillas.

En este caldo de cultivo de conductas adictivas se acusa hoy a las tabacaleras de haber creado y ocultado una dependencia. Pero si la prueba es la resistencia del adicto a abandonar el hábito aunque sabe que no le conviene, ¿por qué aplicarlo sólo al tabaco? Por la misma razón, los ludópatas podrán demandar a los casinos; las gordas a las confiterías; los borrachos a los viticultores; las manirrotas a los grandes almacenes; los obsesos sexuales a los fabricantes de condones; y casi todos a las cadenas de TV. Y cuando ya todos estemos litigando con todos, se desvelará la verdad que ahora pérfidamente se nos oculta: los abogados crean adicción.

Ignacio Aréchaga
Aceprensa N° 30/1995