Argumentos de fondo / Matrimonio
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De la revolución a la revaloración sexual
Autor: Arturo Picos

La revolución sexual, que no ha terminado, ha generado cambios de consecuencias inimaginables para la sociedad, el más trascendente es la degradación del amor humano. Primero se independizaron sexo y procreación; luego, sexo y amor; ahora el gozo sensual se encuentra sin compañía, ni siquiera virtual y la procreación se va convirtiendo en un asunto de tecnología.

París, 15 de abril de 2013 (EFE): «La legalización del matrimonio homosexual en Francia afronta hoy en la cámara de diputados su recta final, antes de su adopción definitiva la semana próxima y en medio del recrudecimiento de las protestas de los opositores al texto».

Apenas unos días antes, el 12 de abril, la Suprema Corte de los Estados Unidos escuchaba argumentos en torno al Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA, por sus siglas en inglés) que, entre otras cosas, proscribe el matrimonio entre personas del mismo sexo a nivel federal, para determinar si deberá ser desechada por inconstitucional. Más de la mitad de los senadores demócratas se ha pronunciado a favor del llamado «matrimonio» homosexual, desde que el Presidente Obama lo convirtiera en pieza central de su agenda.1

A partir del 10 de abril de este año, Uruguay se convirtió en el segundo país latinoamericano –después de Argentina– y el décimo cuarto en el orbe en aprobar, con estatuto de «matrimonio», la unión entre personas del mismo sexo. En respuesta a ello, la nuevamente candidata a la Presidencia de Chile por el Movimiento Amplio Social (MAS), Michelle Bachelet, se mostró partidaria del «matrimonio igualitario», y afirmó que en su país «debemos legalizar el aborto terapéutico y por violación».

En Australia existe ya el Polyamory Action Lobby (PAL), constituido para luchar porque se reconozca el derecho de las personas a contraer matrimonio con quien se quiera y con cuantos se quiera. Con su propio grupo en Facebook, lanzó su propuesta pública a Change.org, exigiendo el pleno reconocimiento de las familias ‘poliamorosas’ bajo el argumento de que la ley no debe ser una barrera para el amor.

No cabe duda que la legalización de las uniones entre personas del mismo sexo abre la puerta a un sinfín de posibles propuestas como la poligamia. Y es que iniciativas aún minoritarias como la del PAL son consecuencia lógica de la redefinición del matrimonio en el mundo occidental.

Por otra parte, el Pew Research Institute de Estados Unidos reporta que apenas la mitad de los habitantes de ese país por arriba de los 18 años de edad están casados. Según la misma fuente, en 2010 el número de parejas estadounidenses casadas cayó 5% respecto del año anterior, y en conjunto la cantidad de matrimonios ha caído más de 20% desde 1960. Hoy, 48% de primeros nacimientos tienen lugar fuera del matrimonio. Un nuevo estudio revela que la edad promedio a la que una mujer es madre por primera vez –25.7 años– es ahora más baja que la edad a la que se casa por primera vez. El resultado de la combinación de ambos datos es que los nacimientos fuera de matrimonio son los más altos en toda la historia.

Cifras millonarias

En la pornografía, las cifras son difíciles de precisar. Tan sólo en internet, se estima que 4.2 millones de sitios (12% del total que compone la web) ofrecen contenidos pornográficos, y juntos suman aproximadamente 420 millones de páginas web.2 Uno de cada siete jóvenes usuarios de la red reporta haber sido objeto de solicitudes sexuales por internet. Se estima que cada segundo se gastan alrededor de 3 mil dólares en pornografía, y en el mismo lapso 28 mil usuarios miran contenidos de este tipo. En Estados Unidos, cada 39 minutos se produce un nuevo video pornográfico. Los ingresos estimados para 2006, por concepto de pornografía a nivel nacional en China, fueron de aproximadamente 27 mil millones de dólares, de un total a nivel mundial de 97 mil millones.3

Se presenta como un mal menor

Las cifras reales de la práctica del aborto en el mundo son imposibles de confirmar. Los organismos internacionales estiman que cada año cincuenta millones de niños no llegan a ver la luz por causa del aborto; de ellos, la mitad perecen bajo el amparo de las leyes abortivas. De confirmarse estas cifras, el aborto en el mundo causa hoy, en un año, casi tantas víctimas como la II Guerra Mundial.

Los datos también indican que en ese mismo lapso unas veinte mil mujeres pueden fallecer en el mundo por las consecuencias negativas que para la salud de la madre se derivan del aborto. En Europa se producen anualmente trece millones de abortos, primera causa de defunción.

La opinión pública, mediatizada por la propaganda pro-aborto más o menos encubierta, ha ido cambiando en las últimas décadas. Es un hecho incuestionable la pérdida de conciencia del aborto como crimen. El aborto se presenta (es la filosofía de muchas legislaciones y la imperante en los poderes públicos, principalmente en occidente), como un mal menor y así se transmite a la sociedad. Incluso, en amplias capas de la sociedad, se comienza a contemplar como una solución positiva ante los problemas socio/laborales que un embarazo puede presentar, y hoy pretende abrirse paso en todo el mundo como uno de los nuevos «derechos humanos».

Tres fases de la revolución sexual

Mirar estos fenómenos suscita una interrogante: ¿Tiene hoy el sexo algún significado que vaya más allá de la satisfacción de la libido, el instinto animal o el deseo de conquista? Es difícil no advertir la relación entre este modo de concebir las relaciones sexuales en amplios sectores y el panorama de otros fenómenos como el acelerado índice de divorcios, la caída de la natalidad en el mundo, la extendida distribución pública de preservativos, los niveles epidémicos de enfermedades venéreas, la tendencia descendiente de la fertilidad, etcétera. A lo que se añade el desmantelamiento moral y cultural que muestran los medios de entretenimiento popular.

No se entiende el tiempo en que vivimos sin remontarnos a los orígenes del fenómeno que ha modificado tan profundamente, en un lapso corto, la manera de entender y las actitudes respecto de la procreación humana: la revolución sexual que comenzó en la segunda mitad del siglo XX. El profesor José Pérez Adán,4 de la Universidad de Valencia, al describirla la desglosa en tres fases, aunque advierte que es sólo una exigencia analítica para entender un proceso único, simultáneo e interrelacionado.

 

Primer acto: sexo sin hijos

La primera fase de la revolución sexual es consecuencia social del surgimiento y difusión de la píldora anticonceptiva a partir de los años 60 del siglo pasado. El uso masivo de la farmacología contraceptiva dividió a la sexualidad humana en dos campos estancos: la capacidad de engendrar y el disfrute sensual. Separar sexo y procreación supuso un parteaguas en la historia de la sexualidad y en el comportamiento humano.

Coincidimos con Pérez Adán cuando afirma que la píldora anticonceptiva es el invento técnico que ha cambiado la vida de la manera más radical. Desde entonces, a una mayor libertad en las relaciones sexuales se suma el disociarlas del hecho biológico de la reproducción.

La píldora anticonceptiva ha transformado –y trastornado– las relaciones sexuales y, por consiguiente, el matrimonio. Una vez separado el embarazo del intercambio sexual, el sexo prematrimonial se convirtió en práctica común, al remover un poderoso incentivo para contraer matrimonio.

Es cada vez más común que los recién casados extiendan su «luna de miel» sin hijos, e incluso que algunos elijan nunca tenerlos. De muchas maneras la extensa disponibilidad de contraceptivos transformó el matrimonio de una unión conyugal a una relación basada, en considerable proporción, en la realización emocional y sexual de sus miembros, donde la presencia de hijos no siempre forma parte de la ecuación.

Las consecuencias sociales de este cambio en la relación sexual son variadísimas. Una de ellas son las nuevas maneras de concebir la institución matrimonial. Hasta hace pocas décadas –considerando la historia de la civilización Occidental– el matrimonio había sido unívocamente definido como la «unión conyugal» entre un hombre y una mujer, esto es, una unión entre dos personas que se orienta al fin de la procreación. Con independencia de que una pareja en particular sea infértil, la unión permanece de suyo orientada a esa meta aunque se quede corta o falle en alcanzarla.

Pero una vez que las parejas dejan de ver su unión orientada a la procreación, el divorcio y la infidelidad se convierten en lugar común. Y justo también, porque nuestra sociedad, desde hace décadas, ha dejado de pensar en el matrimonio como una unión conyugal, el «matrimonio» homosexual recibe cada vez más aceptación.

Sus defensores promulgan una definición alternativa del matrimonio, basada no en la procreación sino en la «realización emocional» de los contrayentes, sin ninguna conexión inherente de la unión corporal a la procreación. Y, como las parejas del mismo sexo son tan capaces como las heterosexuales de formar relaciones basadas en la complementariedad emocional y sexual, el «matrimonio» homosexual ha sido rápidamente aceptado en amplios sectores de nuestra cultura. Esta vertiente revisionista es consistente con el hecho de haber desvinculado a esa institución de los ideales de permanencia y exclusividad demandada por la crianza de los hijos.

Segundo acto: todo se vale

La segunda fase de esta revolución sexual se dio en los años ochenta, con la aceptación gradual y aprobación de ciertos comportamientos catalogados desde tiempo inmemorial como «desviados». La American Psychiatric Association, dio un paso decisivo en esta dirección en 1973 al remover la homosexualidad de su «Manual de diagnóstico y estadísticas sobre desórdenes mentales».5 Otra muestra palmaria es el famoso Janus Report de 1993,6 un recorrido estadístico por una variedad de comportamientos sexuales practicados por los estadounidenses, que por primera vez salían a la luz pública como pautas de conducta consideradas representativas de la población en general.

Lo más singular de esta segunda revolución es la aceptación generalizada del sexo como algo que pertenece en exclusiva al que lo tiene y que puede hacer con ello lo que quiera. Es la inevitable consecuencia de la etapa anterior de la revolución sexual: una vez desligado el sexo de su función reproductiva, ocupa el centro la satisfacción subjetiva involucrada en el placer.

Si esto es lo importante, se validan todos los comportamientos, que en general han de comprenderse como algo que pertenece exclusivamente al ámbito privado de quienes los ejercen, sin estar sujetos a rendir cuentas públicas de ningún tipo. El siglo XXI ha comenzado inmerso en esta fase, en la que los medios de comunicación y entretenimiento juegan un papel primordial para la aceptación cada vez más extendida de estas prácticas como algo normal.7

Por lo pronto, la validación del sexo como algo a disposición exclusiva del individuo lleva a implementar medidas legales cada vez menos definidoras, por ejemplo el derecho a las operaciones de cambio de sexo a cargo de la sanidad pública en algunos países.

La tendencia a la «normalización» de las otrora desviaciones no ha terminado, en un futuro inminente podríamos presenciar la aprobación de otras conductas, como la pedofilia o la zoofilia. ¿Exageraciones? En la conferencia del Fondo de Población de la ONU, en 2001, varios delegados argumentaban a favor de reducir la edad de consentimiento sexual a los 10 años. Por su parte, la citada APA afirmó, en 1998, que las relaciones sexuales entre niños y adultos no causan necesariamente un perjuicio e incluso podrían resultar positivas para los niños.

Peter Singer, filósofo y activista conocido por su papel en los movimientos por los «derechos» de los animales, defiende que el acto sexual del hombre con otros animales no es necesariamente un abuso o «crimen contra la naturaleza» mientras no entrañe daño o crueldad a los animales.8

Tercer acto: hijos(y placer sexual) sin sexo

Finalmente, la tercera fase de esta revolución se da a partir del cambio de siglo, con la apertura de perspectivas inimaginables pocos años atrás. Pérez Adán atisba un posible final del sexo como medio de procreación, donde la palabra clave es «reprogenética». El dominio independiente de los dos procesos antes unidos es ahora posible gracias a las nuevas tecnologías biomédicas aplicadas a la reproducción humana.

Comenzó con la fecundación in vitro y ahora, con la clonación, la paternidad y la maternidad pueden decir adiós. El dominio de la técnica permite que el mercado se haga cargo de la reproducción social y que el laboratorio sustituya a la unión conyugal.

Los hijos pueden ordenarse bajo pedido, y el laboratorio sustituye a la natural relación sexual que tenía lugar en el matrimonio, como expresión de un amor mutuo abierto a la generación. Las características de la prole serán diseñadas en un laboratorio y llevadas a la realidad sin la intervención de la unión sexual.

Los hijos se convierten así en un producto a disposición del consumidor, al que hay que reconocerle la posibilidad de obtenerlos como un derecho a toda costa, por encima, del derecho que pudieran tener los hijos a ser recibidos en una familia con padre y madre.

Por otro lado, el placer sexual hace ya tiempo se procura también sin sexo. La pornografía, cuyo objetivo siempre apunta a satisfacer la libido a través de cosificar a las personas, es una actividad en auge. Hoy es difícil definir a qué corresponde el vocablo «obsceno», pues la continua exposición gráfica al erotismo (en el que la publicidad comercial juega un papel primordial) ha entumido la sensibilidad colectiva.9 Dueños de verdaderos emporios de esta «industria» (varios cotizan en la bolsa o figuran en los índices Nasdaq) se pavonean como respetables empresarios o notoriedades públicas, no sólo en el ámbito del entretenimiento, sino en las finanzas o incluso en la política, y se organizan encuentros masivos de promoción de la pornografía, «ferias» semejantes a las exposiciones ganaderas. Al crecimiento exponencial de este sector ha contribuido mucho el internet.10

Sin embargo, la pornografía no es el único mecanismo artificial de excitación sexual, existen otros recursos sofisticados que permiten el gozo sensual sin necesidad de ningún tipo de compañía (ni siquiera «virtual»). Es el caso de ciertos medios técnicos que pueden estimular artificialmente al cerebro con los mismos impulsos que la unión sexual. Con esta satisfacción sexual que prescinde ya no sólo del amor –y de su natural consecuencia generativa– sino de toda forma de intercambio entre seres humanos, se cierra el círculo que inició con la ruptura entre la unión sexual y la procreación humana.

Una mirada esperanzada

Tres ideas que permean la sociedad actual, en particular la occidental, destacan en este recorrido: 1) que la sexualidad no tiene por qué relacionarse con la procreación ni con el amor; 2) que el ser humano puede hacer lo que quiera con ella, como si fuera un objeto accidental que le pertenece a efectos de procurarle autosatisfacción; y 3) que la procreación ha perdido su estatuto de realidad biológica para ser ocupado por la tecnología.

Para comprender con cierta profundidad los alcances que suponen estos cambios en la forma de pensar y vivir la sexualidad es preciso replegarse por un momento al significado originario de la naturaleza del acto sexual entre varón y mujer.

El sexo, en su origen, es un profundo acto personal en el que alguien se entrega a sí mismo –cuerpo, alma, corazón entero– a otra persona; indica una donación irrestricta de la propia mismidad, donde la entrega se reviste de un profundo amor y afecto que expresa, a través de la corporalidad, la pertenencia total del uno al otro.

Todas las acciones y reacciones de los amantes proclaman tanto ese don de sí como la entera aceptación del otro, que cada uno atesora en reciprocidad. Cuando la contracepción entra en escena, una grieta se introduce repentinamente en el significado donal del acto. Ahora el o la amante entrega «casi» todo a su ser amado, a excepción de su fertilidad. El amor sexual se convierte en un amor condicional, pues con la contracepción el acto sexual pierde su profundo sentido personal de total entrega, al cercenar su cometido de crear una nueva vida, propósito al que está naturalmente ordenado.

Con esta pérdida de sentido y propósito, muchas parejas que practican la contracepción acaban por descubrir que esta conducta alimenta un rastrero egoísmo que hace que el hombre y la mujer se enfoquen prácticamente de modo exclusivo en el propio placer que les procura el acto sexual, perdiendo gradualmente de vista al otro.

La contracepción abre la puerta para que una persona se convierta para la otra en un objeto sexual a ser usado para el placer. La resultante explotación sexual mutua puede tener un efecto devastador para el verdadero amor, pues a través de poner la fertilidad a resguardo, al cerrar el acto sexual a la posibilidad de una nueva vida, la pareja ya no es capaz de entregarse por completo y totalmente el uno al otro. En ese contexto la contracepción degrada y viola a la persona, haciéndola sufrir interiormente un profundo rechazo. La contracepción representa el riesgo de convertir el sexo en una gran mentira, pues hace al amante decir «te quiero, pero no a tu fecundidad. No quiero esa parte de ti. Cancélala».

Este rebajamiento del sentido de la unión sexual clama porque se redescubra a la persona como protagonista del amor y que redimensione su sexualidad. En el contexto del amor personal, la sexualidad no es algo meramente corporal, una sensación o sentimiento, sino que involucra la voluntad, y a través de ella al espíritu mismo. Así, el amor resulta algo que alguien decide realizar y que le involucra en la forma de una entrega de sí, en donde la persona amada se convierte en otro yo. Este sincero don de sí supone vencer todo egoísmo, incluido el de la capacidad de ambos para transmitir la vida.

El sexo importa, sí, por eso es necesario restaurar su significado tanto legalmente como en la práctica, de modo que nuestra cultura deje de tratarlo como una urgencia incontrolable que debe satisfacerse a cualquier costo. Semejante dislocación del sexo tiene como alternativa una auténtica revaloración de la corporalidad humana, la propia del amor conyugal o también la del amor que se abstiene del sexo, algo no sólo posible, sino que puede incluso ser algo muy valioso.

 

Notas finales

1          El Defense of Marriage Act –DOMA- fue aprobado por una amplia mayoría bipartidista del Congreso de los Estados Unidos en 1996, y promulgado como ley por el entonces presidente Bill Clinton. DOMA reconoce, con efectos de ley federal, que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, y también protege los derechos de los estados a suscribir esta definición de matrimonio de cara a leyes de varios otros estados que pudieran oponerse a esta definición. Barak Obama ha girado instrucciones a su administración para derogar esta ley, a la que considera discriminatoria.

2          «La internet, en particular, ha hecho a la pornografía más anónima, accesible y asequible que nunca, atrayendo a nuevos usuarios, incrementando su uso entre fanáticos ya existentes y catapultando a muchos a la adicción sexual». Paul, Pamela, «From Pornography to Porno to Porn: How Porn Became the Norm», en The Social Costs of Pornography, A Collection of Papers, Mary Anne Leyden and Mary Eberstadt eds. (Princeton, N.J.: Witherspoon Institute, 2010).

3  Datos presentados en http://familysafemedia.com/pornography_statistics.html#anchor2

4          Pérez Adán, José, «Diez temas de Sociología». Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2001. Ibid., «La indispensable educación corporal», istmo 286.

5          Es de notar que esta remoción de la homosexualidad del catálogo de enfermedades mentales no fue ocasionada por ningún descubrimiento científico, sino meramente por la presión que sobre la APA ejerció en ese entonces la comunidad homosexual de los Estados Unidos.

6          Este informe sobre el comportamiento sexual en los Estados Unidos reportaba información estadística, con base en encuestas, sobre conductas que van desde el adulterio hasta los encuentros sadomasoquistas, el intercambio de parejas (swinging) y un extenso elenco adicional de actividades con un único elemento común: la búsqueda de satisfacción placentera.

7          Sólo por citar algunos ejemplos, están series televisivas como The New Normal que trata sobre la vida de una madre soltera que se convierte en madre subrogada para una pareja homosexual, o Modern Family, que muestra a tres diferentes modelos de «familia», incluida una pareja homosexual con una hija adoptiva, batiendo récords de audiencia en la Unión Americana. Más comedias con gran éxito de audiencia, como Two Broke Girls o The Big Bang Theory presentan las relaciones extramaritales como comportamientos cotidianos, o aluden a la masturbación recurrentemente. Otro tipo de programación, como la de las series detectivescas o de médicos, también se cuidan de incluir siempre a algún personaje homosexual, perfectamente integrado a las actividades de sus colegas de ficción (es el caso de Law and Order) o tiene como protagonistas parejas que no sólo comparten su oficio sino el lecho, aunque evidentemente no estén casados (House, Bones y Castle). Una encuesta realizada por Ipsos Media CT sobre programas de televisión en Estados Unidos (abril 7, 2013) muestra que 18% de la población en ese país, de edades entre los 13 y los 64 años de edad, mencionaron que la televisión ha contribuido directamente a incrementar su respaldo al «matrimonio» entre personas del mismo sexo.

8          Cfr. Singer, Peter, Heavy Petting, Nerve, 2001. El pasado 15 de abril, un pequeño grupo de alemanes involucrados en actividades sexuales con sus mascotas se reunieron en la Postdamer Platz de Berlín para protestar por una ley recientemente ratificada por la cámara alta del parlamento (el Bundestag) que prohíbe el bestialismo. Alguno de los que protestaron mencionó que un grupo de lobbying llamado ZETA (Zoophiles Engaging for Tolerance and Enlightenment) planea presentar una apelación a esa ley. Por lo que respecta a la pedofilia, en Arnhem, Leeuwarden, al norte de los Países Bajos, el Tribunal de Apelación recientemente declaró legal la asociación holandesa pro pedofilia «Martijn Uittenbogaard».

9          La pornografía «no sólo se ha vuelto en sí más omnipresente, sino que toda la cultura se ha convertido en ‘pornificada’. Con esto quiero decir que la estética, valores y normas de la pornografía se han filtrado hacia la cultura popular». Pamela Paul, op. cit.

10       Hoy, la edad promedio en que un varón es expuesto a ver pornografía es de 11 años, y 53% de niños y 28% de niñas en los Estados Unidos reportan haber tenido acceso a contenido sexual explícito. Datos tomados del Internet Filter Review, y de Brown, J. & L’Engle, K. 2009, Communications Research; 967 youth from 14 public schools in SE USA. El uso de la pornografía es, cada vez con más frecuencia, no una decisión hecha por adultos «con criterio», sino más bien una práctica que engancha a la gente a una edad temprana, infiltrando con ello la comprensión de la intimidad de lo sexual y casi siempre conduciendo a fijaciones anormales, muchas de ellas genuinas adicciones tan serias como las que provocan el alcohol o las drogas.

Istmo: 326


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