Artículos de Revista

Enamorar sin pantallas. Del ligue “online” al cortejo “offline”
Lucía Martínez Alcalde

Muchos jóvenes no tienen citas. Tienen sexo informal o salen juntos, pero sin compromiso y sin propósito concreto. El problema está en las redes sociales y las apps de citas, pero solo en parte. La tecnología ha agravado una situación que ya existía: estamos perdiendo en comunicación interpersonal, la que nos permite darnos a conocer, conocer al otro y construir una relación.

Una amiga se fue al extranjero medio año. Durante esos meses se escribió todos los días por WhatsApp con un chico que había conocido poco antes de marcharse. Sus conversaciones duraban hasta la madrugada y todo parecía ir rodado. Ella volvió a su ciudad y un día lo vio por la calle. Él, entonces, cambió la trayectoria para no cruzarse con ella, incapaz de afrontar una comunicación directa en persona. No es un caso aislado.

El uso de los smartphones, aliados con las redes sociales, está cambiando nuestra manera de comunicarnos y de darnos a conocer. Un usuario medio de WhatsApp dedica más de 35 minutos al día a chatear. ¿Cuánto dedica un ciudadano medio al día a construir sus relaciones (familiares, de amistad o amorosas)?

Con la proliferación de apps de citas se va un paso más allá. Sus predecesoras fueron las webs que surgieron a finales de los noventa (como Meetic, Match, OkCupid o eDarling), que se basaban en cuestionarios y algoritmos para proponer al usuario personas compatibles con su perfil. Las primeras apps de citas aparecieron en 2003. Además de en Tinder, los jóvenes –y no tan jóvenes– ligan en Happn, Badoo o AdoptaUnTío. Las estadísticas no muestran una gran diferencia entre el número de chicas y el de chicos que usan las más populares. En ellas, la imagen tiene todo el protagonismo y el primer contacto entre dos personas puede ser algo tan poco personal como dar un simple like o incluso meter al candidato en un carrito de  compra virtual.

Sexo sin amor y amor sin compromiso
Algunas de estas apps ya se han ganado la fama de ser facilitadoras de sexo sin compromiso. Son espoleadoras de una tendencia paradójica: la oferta sexual es más amplia que la oferta de relaciones personales. Parece más fácil conseguir sexo que un compromiso con otra persona. Como si resultara más sencillo –y menos arriesgado– un rollo de una noche que tomar un café con vistas a la posibilidad de empezar una relación. En algunos ámbitos, preguntar el apellido significa que la relación se está volviendo seria, y muy pocos jóvenes lanzan esta cuestión en la primera cita, según cuenta el Wall Street Journal.

Por un lado, tenemos a jóvenes embarcados en la cultura del sexo informal; por otro, a aquellos que, sin querer vivir la sexualidad de esa manera, salen generalmente en grupo, van a fiestas y a bares –aunque un plan con más personas no parece ser el mejor escenario para profundizar en una relación–. Incluso puede que queden alguna vez en pareja, pero no va más allá de un “pasar el rato”.

El miedo al compromiso y la falta de tolerancia a la frustración y a los fracasos están en la raíz de estas dos posturas, en una especie de círculo vicioso. Es sencillo intuir cuál de las dos tiene más implicaciones y consecuencias a nivel personal –e incluso a nivel social–, pero ambas alejan a los jóvenes de entablar relaciones maduras y sanas. Ni unos ni otros están teniendo citas, entendiendo por “tener citas” quedar con una persona con vistas a conocerse y poder discernir si de esa relación puede surgir un noviazgo; lo que podríamos llamar la fase de cortejo.

Desde hace años, muchas adolescentes y chicas jóvenes han asumido que, si quieren salir con el chico que les gusta, primero tienen que “enrollarse” con él. A veces no pasa del besuqueo. Pero en otros casos, el peaje es el sexo. Y es una tasa que, como señala el sociólogo Mark Regnerus, se ha devaluado: “Para los hombres estadounidenses, el sexo se ha vuelto barato. Si comparamos con el pasado, hoy muchas mujeres esperan poco a cambio del sexo en términos de tiempo, atención, compromiso o fidelidad. Ellos, por su parte, no se sienten obligados como antes a suministrar esos bienes”.

La ambigüedad como escudo
Aunque se libren de los peligros del sexo ocasional, a los jóvenes que no están dispuestos a entrar en esta dinámica les acechan otros riesgos: que las expectativas sean tan elevadas que acaben paralizándoles; que el temor a fracasar (motivado por las experiencias de las parejas y matrimonios que no siguen adelante) no les deje dar un paso; o que el miedo al compromiso conforme relaciones que no se saben lo que son, y si van para adelante o languidecen sin que nadie haga algo por evitarlo.

Es necesario recuperar un sentido de la naturalidad, de la autenticidad. Que un “¿quedamos para unas cañas?” o “¿salimos a cenar?” o “te acompaño a casa” no signifique un “quiero que nos acostemos”, pero tampoco un “¿quieres casarte conmigo?”.

El profesor e investigador Scott Stanley, codirector del Center for Marital and Family Studies en la Universidad de Denver, habla de la ambigüedad que invade las diferentes etapas de las relaciones románticas, y explica que su crecimiento se debe a que “se percibe como más segura que la transparencia en un mundo en el que el amor perdurable es considerado como aventurado, improbable e incluso inalcanzable”. Ante la sensación de riesgo, la ambigüedad sirve de escudo para protegerse del sufrimiento provocado por los fracasos. La comunicación es el antídoto que propone Stanley contra la ambigüedad.

Y aquí aparece otro de los escollos que los jóvenes se encuentran a la hora de tener citas: ¿cómo es su comunicación? “Los millennials y la generación Z no quieren hablar. La comunicación oral les parece demasiado formal y desconocida, así como comprometedora. Prefieren mirar sus pantallas y textear a 6 o 7 amigos al mismo tiempo”.

¿Han acabado las apps con la seducción?
Tinder empezó a crecer en enero de 2013, y en febrero de 2014 alcanzó el millón de usuarios diarios. Un año después, esta app de citas presumía de haber superado los mil millones de matches (los casos en los que coincide que dos usuarios han dado “Me gusta” a sus respectivas fotos). En 2016, 100 millones de personas se habían descargado Tinder. En España, en 2017, se produjeron 10,000 millones de swipes (el movimiento dactilar con el que expresas si los usuarios que ves en la aplicación te gustan o no).
El auge de las apps frente a las webs de citas se explica porque las aplicaciones ofrecen una mayor rapidez y satisfacción casi inmediata. Una de las ventajas que sus partidarios señalan es que aumentan la capacidad de elegir, sin tener que depender de algoritmos ni de tests de personalidad: el usuario tiene la última palabra (tan sencillo e indoloro como un movimiento dactilar).

Entre las desventajas del mundo de las citas online está que puedes chatear con alguien que no es quien tú piensas, y no sólo porque se haya inventado un perfil o suplante una identidad: existen servicios con profesionales que hacen por el usuario todo el trabajo de fichar contactos, incluidos los primeros chateos hasta conseguir el número de teléfono. Una de estas empresas es ViDA (Virtual Dating Assistants); sus usuarios tienen edades entre 28 y 52 años, y están demasiado ocupados incluso para dedicar tiempo y esfuerzo a las citas online.

Chloe Rose Stuart-Ulin, antigua trabajadora de ViDA, cuenta en un artículo su experiencia. Su cometido terminaba cuando conseguía los números de teléfono y se los pasaba al cliente, muchos de los cuales no llegaban a llamar nunca a esas chicas. Esta fue una de las situaciones que la llevó a dejar la compañía: “Estos ligues de cortar y pegar perpetúan estereotipos negativos de género y refuerzan una sobresimplificada (y destructiva) visión de las expectativas románticas”.

Las reflexiones de Stuart-Ulin pueden aplicarse a todo el ámbito de las citas online: “Intentando atraer a docenas, si no centenares, de extraños al mismo tiempo, renunciamos a nuestra capacidad de correr riesgos y experimentar con las normas sociales”. Y no aprendemos a “encontrar valor en el fracaso social. Los momentos de torpeza y de corazón roto son una parte inevitable de la experiencia de las citas, y son esenciales en nuestro desarrollo como adultos maduros”.

Los partidarios alegan que las apps y webs ayudan a ligar en una sociedad en la que la falta de tiempo es un problema. Pero un estudio citado por The Independent (23-01-2018) afirma que los millennials pasan una media de diez horas a la semana en aplicaciones de citas. ¿Por qué no invertir toda esa energía y tiempo en conversaciones cara a cara?

¿Es Tinder el culpable del ocaso de las citas? Estas nuevas herramientas pueden servir para relaciones duraderas si esa es la intención de quien las usa. Al igual que hay modos de ligar offline que pueden no llevar a nada. Como señala la escritora y columnista Suzanne Venker: “Tinder no ha creado el sexo casual. Lo hemos creado nosotros”. No se trata de demonizar la herramienta: no todo el mundo miente en las citas online –ni todo el mundo es cien por cien sincero en las de cara a cara–; no sólo las usan las personas desesperadas por conseguir un ligue, y las relaciones que empiezan en Internet no están destinadas al fracaso más estrepitoso. Pero, ¿cuál es la tasa de éxito?

Aunque algunos estudios afirman que la manera en la que una pareja se conoce no influye en la buena marcha de la relación, los resultados de una encuesta a más de 4.000 personas (publicados en la revista Cyberpsychology, Behaviour, and Social Networking, en 2014) sugieren que las parejas que se conocen online son más propensas a involucrarse en una relación meramente informal que en un compromiso matrimonial, comparado con las parejas que se conocen offline. Solo el 49% de los usuarios de sitios online o apps dijeron buscar una relación matrimonial y más del 60% de parejas que se conocieron por esa vía viven relaciones informales. Solo una minoría estaban casados.

Levantar la mirada de la pantalla
En ocasiones trasladamos a la vida analógica actitudes y hábitos a los que predispone la tecnología. Si puedes escoger entre los millones de potenciales usuarios presentes en las apps y webs de citas, ¿dónde se queda la exclusividad? Ante el exceso de oferta, resulta fácil que se desvanezca la prioridad que le das a una persona con la que estás quedando.

Por otra parte, la comunicación escrita presenta ciertas carencias: nos perdemos el tono y la expresión del rostro (los emoticonos no suplen esa falta) y nuestra atención puede estar dividida en diferentes conversaciones de WhatsApp (pero realmente no concentrada en ninguna). También ocurre que personas que por escrito son un derroche de ingenio, osadía y locuacidad en una conversación cara a cara resultan lo contrario.

Una solución para evitar caer en ese dualismo online/offline es equilibrar el tiempo dedicado a la relación en uno y otro formato. Y el equilibrio no está en un 50-50, sino en priorizar el cara a cara. Si la relación ha empezado (o ha “tomado carrerilla”) a través de las pantallas, hay que dar el salto a lo analógico lo antes posible. Samantha Schroeder defiende esta idea en el artículo “Beyond the Screen: Love in a Time of Social Media”: la imagen que nos hacemos de nosotros mismos (y que proyectamos) a través de las redes es la nueva máscara social, detrás de la que nos escondemos “porque el riesgo de una comunicación auténtica es muy alto”. Citando al filósofo inglés Roger Scruton: “Quizá el más intenso de todos los actos de comunicación no verbal entre las personas es ese en el que los que se quieren miran en los ojos del otro”. Y eso nos lo perdemos si no pasamos de las pantallas, y también cuando, teniendo al otro enfrente, damos prioridad al último mensaje o la última notificación que aparece en nuestro dispositivo.

Recuperar las citas –sin retroceder al siglo XIX–
La comunicación auténtica nos saca de la ambigüedad y nos permite tener citas para conocer a diferentes personas sin la presión ni de un rollo inminente ni de poner fecha a la boda al siguiente día, huyendo asimismo de un “quedar por quedar” en el que se puede orbitar durante años sin un destino claro.

Recuperar las citas no es volver a un modelo decimonónico. No es que las mujeres esperen en casa al caballero, o se queden sentadas aguardando que alguien las saque a bailar. Una chica puede preguntar a su compañero de carrera si quiere ir a tomar una cerveza con ella. Simplemente para conocerse más. Si hace falta especificar la intención, se especifica. La claridad, poner las cartas sobre la mesa, puede ayudar mucho en el proceso de cortejo, en el que las expectativas de unos y de otras no siempre discurren de manera paralela ni al mismo ritmo.

Si una comunicación natural y sincera ha estado presente desde el primer momento, las situaciones potencialmente incómodas (por ejemplo, decirle a alguien que ya no quieres seguir quedando, que no ves que eso vaya a más) pueden ser menos traumáticas. Hemos dejado atrás el lenguaje de los abanicos, pero nos hemos vuelto descifradores profesionales de códigos ocultos en mensajes de WhatsApp (“ha puesto ‘je je’ en lugar de ‘jajajaja’”, “no ha añadido un emoticono sonriente a su respuesta”, “está ‘en línea’ pero no me está contestando…”), y esto no ayuda.

Existe también una sinceridad de los actos y los gestos: si uno verbalmente ha expresado que se está en una fase de conocerse antes de decidir si iniciar un noviazgo, no sería justo comportarse como si ya hubiera, de hecho, compromiso, ni hacerle creer a la otra persona –aunque sea sin querer– que un paso adelante en la relación llegará pronto, si no es esa la intención.

Tener citas con estos ingredientes implica que los jóvenes se esfuercen en superar el miedo al compromiso, el temor a ser malinterpretado y la baja tolerancia al fracaso. Entre otras enseñanzas, aprenderán a afrontar el dolor en la propia vida en vez de huir en dirección contraria y descubrirán el magnífico hecho de que las personas podemos ser amadas y aceptadas con nuestras imperfecciones. Todo esto no son solo cimientos fuertes para un posible futuro noviazgo, sino también piezas clave en el proceso de madurez personal.

“The Dating Project”: un documental para recuperar las citas
“Más de la mitad de Estados Unidos está soltera, por primera vez”. Así empieza el documental The Dating Project.

La película está inspirada en una profesora del Boston College, Kerry Cronin, que hace doce años se percató de que sus alumnos se encontraban inmersos en la cultura del sexo sin compromiso y eran infelices, pero no poseían los recursos para encontrar otra manera de relacionarse.

Cronin decidió lanzarles el reto de ir a citas, “el revolucionario trabajo de enseñar a jóvenes cómo hacer algo que venía siendo natural generaciones atrás hasta sus padres, pero muy extraño para ellos”. Les puso la siguiente tarea: en las siguientes dos semanas debían tener una cita con alguien que les interesara.

Algunas de las reglas a las que atenerse eran: que quedara claro que se trataba de una cita, había que pedirlo cara a cara, no podían gastarse más de 10 dólares ni pasar de los 90 minutos –siendo mejor limitarse a la hora– y lo físico no debía tener el protagonismo –suficiente con un abrazo bien dado al final de la cita–.

Cronin llama a estas citas “de nivel 1”. Tener citas de nivel 1, sin ansiedad, maduras, conociéndose sin tensiones, facilita pasar a otros niveles y poder construir una relación. La profesora del Boston College sigue incorporando este dating project en sus clases de Filosofía. Algunos de sus antiguos alumnos que empezaron a tener citas como tarea de la asignatura están ahora casados.

“En gran medida, no se trata de encontrar a tu alma gemela. Se trata de la valentía en las relaciones sociales y de desafiarse a uno mismo, de ser un poco contracultural haciendo algo que sabes que quieres hacer. Y aprender a no tensarse con la propia torpeza y la propia vulnerabilidad”, explica la profesora Cronin. Habilidades no solo aplicables a las relaciones románticas, como ella misma afirma: “No todo el mundo está llamado al matrimonio, pero todo el mundo está llamado a relacionarse. Eso es lo que comporta ser humano”.

Fuente:
aceprensa.com

 





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