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Para no ser presa fácil de la manipulación
El poder liberador de las humanidades

Manuel Ramón

Una educación exclusivamente orientada a la capacitación técnica y profesional priva a los jóvenes de los eternos interrogantes a que se enfrenta el hombre. Sin formación humanística, la mente del universitario queda encerrada en la extrema especialización, lo que también va en menoscabo de su competencia profesional.

Los profesores de humanidades se ven una y otra vez en la necesidad de justificar su existencia. Es frecuente encontrar ensayos y libros sobre asuntos como ¿Por qué deben enseñarse humanidades?  Las grandes ventajas de un programa de saberes liberales. (Este artículo es una apología más.) El progreso de la ciencia y de la tecnología, y la actual demanda de especialización profesional hace sombra a las diminutas humanidades. Mientras la ciencia, la tecnología y la industria construyen infraestructuras y transforman la faz de la tierra, las humanidades se sientan tímidamente a un lado, tejiendo minuciosamente su telaraña y proclamando la superioridad de su labor por encima del acero y del elemento. Este estereotipo ha dado ocasión a numerosas objeciones, e incluso a una violenta oposición, contra el cultivo de las humanidades.

Dos enemigos

Los que están en contra de los estudios humanísticos, tal como son concebidos tradicionalmente, pueden clasificarse en dos grupos.
Del primero forman parte aquellos que han caído en la trampa de la extrema especialización profesional. Así, su reproche a los que están a favor de las humanidades es: "Eso no es práctico. De eso no se puede vivir. Mejor estudiar dirección de empresas, ingeniería o informática. La literatura, la filosofía y demás no son sino anticuados vestigios del pasado ''.
Los que piensan de esta forma adoptan una postura condescendiente hacia las humanidades, y consideran su cultivo como una concesión a las fantasías de la adolescencia. La etapa universitaria es el momento de dedicarse a cosas serias.

El segundo grupo está formado por los que consideran las humanidades como algo propio de la cultura occidental, que no ha tenido en cuenta las aportaciones de las mujeres y de otros pueblos. En la pluralista Norteamérica, la batalla entre los dos bandos es feroz. Las feministas intervienen en la disputa diciendo despectivamente: "Un plan de estudios humanísticos significa en realidad un plan dedicado al estudio de las obras de unos hombres blancos europeos". Lo mismo dicen, por su parte, las minorías raciales, sólo que subrayando blanco en vez de hombre.
En semejante clima, nublado por los humos de la batalla, es necesario detenerse a examinar serenamente el valor de las humanidades.

Respuestas a las cuestiones eternas

En primer lugar, los estudios de humanísticos tocan las preguntas eternos: las cuestiones sobre los valores, que reaparecen una y otra vez en la vida de cada uno y nunca están definitivamente resueltas. No son meros asuntos insolubles o impenetrables para la mente humana. Por el contrario, estas cuestiones se renuevan desde las diferentes perspectivas, experiencias y etapas de la vida de una persona.

Por ejemplo, el primer encuentro de un niño con el dolor es el momento en el que surge el eterno problema de la justicia y de la injusticia. Los posteriores sinsabores y desgracias de la vida serán nuevas oportunidades de replantearse esta cuestión; y una buena parte de nuestra felicidad depende de la respuesta que le demos.

Son las cuestiones ineludibles: el sentido de la vida, su fin, su origen, su destino y su valor. ¿Es la vida un juego, un engaño, un empeño sin sentido? Concentrarse en la especialización profesional, en detrimento de esas cuestiones, supone perder lo que nos distingue de las máquinas y de las bestias de carga.

Siempre habrá experiencias que nos conmoverán, o deberían hacerlo: la muerte, el dolor físico o moral, la desesperación. Esto nos da ocasión de enfrentarnos a esas cuestiones que afectan profundamente a nuestra humanidad, y por tanto de renovar y hacer más profunda nuestra conciencia de ella. Mirar esas ocasiones a través del filtro de una extrema especialización profesional, nos llevaría a tratarlas como pequeños inconvenientes que pueden resolverse con un buen trago o una noche de juerga con los amigos.

Para apreciar las obras maestras

En segundo lugar, los estudios humanísticos amplían los horizontes de una persona, y evitan que su perspectiva sea estrecha o superficial. Podemos decir que los estudios humanísticos afinan el corazón del estudiante. El problema del hombre contemporáneo resulta esclarecido con esta cita de Kenneth Clark, tomada de su libro What Is a Másterpiece? ("¿Qué es una obra maestra?"): "Una obra maestra recrea un ser humano y nos lo presenta como una encarnación, un símbolo casi, de todo lo que, a lo largo de nuestra vida, podremos encontrar en las profundidades de nuestro corazón".
Esta encarnación o cuasí-símbolo carecería de sentido para quien no tuviese nada en las profundidades de su corazón. Cuando el pragmatismo y el hedonismo arraigan en el corazón, lo más probable es que el corazón rechace toda experiencia espiritual - de la belleza, de la sabiduría o de un valor moral, por ejemplo -, al igual que el cuerpo humano rechaza un órgano trasplantado que le es incompatible.

Una persona educada en las humanidades puede captar y apreciar el valor de una obra maestra, ya sea pintura, escultura, música o literatura. En cambio, una persona que no ha tenido esa formación y cuyos sentidos están oscurecidos por lo burdo y lo feo, no es probable que reconozca, mucho menos que aprecie, una obra maestra. Pierde la capacidad de captar los matices de la vida, de distinguir la cacofonía de la armonía, y lo sublime de lo mediocre. En cambio, una persona que posee esa capacidad está en condiciones de apreciar más cosas y de ser más feliz, gracias a que puede acceder a un espectro más amplio de valores. Mientras que quien carece de esa capacidad es presa fácil de las múltiples manipulaciones de la propaganda y de los entretenimientos baratos.

Dice Clark en el libro mencionado: ''Las mejores obras maestras son ilustraciones de los grandes temas... Como en un drama, griego o isabelino, de Racine o de Schiller, es el elemento trágico de la vida y el carácter definitivo de la muerte lo que eleva a esta obras de arte a las más altas cumbres".
Por desgracia, el ambiente en que nos movemos puede dificultar la apreciación de las grandes obras de arte. Thomás J. Slakey, decano del St. John's College, se refiere a este problema: "No es fácil tener una experiencia fuerte y emocionante de lo verdaderamente sublime. La presión de las necesidades diarias, el estruendo de los periódicos y la televisión, el cinismo de muchas cosas que pasan por inteligencia y sofisticación, se interponen en nuestro camino".

Amor de saldo

Un singular compañero de viaje del pragmatismo es la diversión, lo espectacular, la novedad o la perversión, que reducen todo ocio al entretenimiento momentáneo. Por ejemplo, la muerte - especialmente la violenta - se ha convertido en un ingrediente común de los medios de comunicación, tanto impresos como audiovisuales. Así, la muerte no es ya una ocasión para hacer un patrón y examinar la propia vida y juzgar su dirección y su valor. Por el contrario, la muerte se ha convertido en un motivo cinematográfico, un efecto especial, un truco de cámara; hecho todo con espejos, para dar emoción a algún producto de Hollywood. Tanto el pragmatismo como el hedonismo han contribuido a desdibujar el sentido trascendente de la muerte. Quizás T. S. Eliot tenía en la mente este problema cuando escribió sobre algo "no conocido, porque no es buscado; / pero escuchado, semi - escuchado, en la quietud, / entre dos olas del mar''.

Una persona con formación humanística está en condiciones de apreciar más cosas y de ser más feliz, porque puede acceder a un espectro más amplio de valores
Y el amor, no menos que la muerte, se ha trivializado. El amor se ha convertido en una pelota de tenis golpeada de un lado a otro entre un sentimentalismo romántico y un erotismo total. En el nuevo lenguaje, la palabra corazón encubre una sensación superficial que reclama satisfacción inmediata. En un mundo definido por las relaciones provisionales y alimentado con erotismo, no hay lugar para que la fidelidad, la responsabilidad y la generosidad entren de modo silencioso y profundo en las preocupaciones diarias de la gente.

La indiferencia con que el amor y la muerte han sido atropellados es un síntoma lamentable de lo barato que la vida humana ha llegado a ser. Esta actitud no considera ya el amor y la muerte como un misterio que reverenciar. ¿Qué cuestión hay más urgente que nuestra fragilidad y mortalidad? Hoy día, el amor y la muerte no son sino juguetes en manos de los medios de diversión. Entonces, ¿vamos a construir nuestro sistema de valores basándonos en lo que ofrecen los medios de comunicación? ¿O buscaremos alguna fuente de sabiduría, una visión integral de la vida? Esto nos conduce a la tercera propiedad de las humanidades.

Una visión integral de la realidad

En tercer lugar, una formación humanística bien diseñada y sabiamente impartida nos dará una visión integral de la realidad, en vez de la visión fragmentada que transmite una formación ecléctica. Sin embargo, esta visión integral sólo puede implantarse a través del proyecto educativo de la escuela.
Algunas universidades eluden totalmente la cuestión, al no pretender más objetivo que la competencia profesional. Otras aseguran tener un determinado proyecto educativo, pero convierten esa convicción en meras palabras, pues imparten enseñanzas o contratan profesores que contradicen ese ideal.

En una auténtica enseñanza humanística, la filosofía y la teología ocupan un lugar privilegiado entre las fuentes de sabiduría y de respuestas para las últimas preguntas de la vida. Por consiguiente, si un plan de estudios incluye estas dos disciplinas, no sólo como asignaturas, sino plenamente integradas con el resto de las materias, entonces podemos decir que nos encontramos ante un verdadero plan de estudios con materias básicas, y no solamente ante una mera lista de asignaturas obligatorias. Propiamente hablando, las disciplinas humanísticas sirven de base y piedra de toque de todas las demás materias, pues proporcionan la genuina sapiencia, junto con la elocuencia. De este modo se asegura que la elocuencia no se convierta en palabrería vana.

Hoy día, por desgracia, tal postura sería tachada de reaccionaria, e incluso podría provocar enfrentamientos con algunos profesores que consideran sus respectivas disciplinas como cotos privados. "¿Por qué la filosofía y la teología deben formar parte de una visión integral?'', preguntó una vez un profesor de historia. Según él, "la historia debería ser la disciplina fundamental, porque abarca todas las materias. Puede hacerse historia de casi todo: de la filosofía, de la arquitectura, del arte, de la literatura, de la ciencia, de la tecnología, de las naciones, de las nociones, de los pueblos, de las mentalidades, etc. ".

Sin embargo, lo que ese profesor no acertaba a ver era que, en una disciplina, amplitud no es lo mismo que carácter fundamental o básico. La historia es útil para tener una visión del desarrollo de la humanidad; pero incluso la visión más amplia no constituiría un criterio. Toda noción de desarrollo presupone, de hecho, un criterio básico que la disciplina de historia no puede hallar en sí misma, sino que debe buscarlo en la filosofía y la teología.

Humanistas en la empresa

Pero, ¿qué utilidad tiene todo eso? Esta cuestión nos conduce a la última observación sobre las humanidades. Las humanidades facilitan la preparación para el título académico y para el mundo del trabajo. Las humanidades siempre han sido eficaces transmisoras de los conocimientos básicos: lectura, redacción, capacidad de expresión, atención y juicio crítico.

Si los estudios de humanidades se hacen con seriedad, los licenciados alcanzarán el nivel que les permitirá desenvolverse con éxito en el mundo del trabajo, y dispondrán de las herramientas intelectuales para realizar estudios de postgrado.

Esta última virtualidad de la formación humanística asegura que el estudiante adquiera la perspicacia y visión sintética de un intelectual, la perfección del así llamado hombre del Renacimiento, y la capacitación profesional que requiere el actual mercado de trabajo.

En consecuencia, el poder liberador de las humanidades facilita que el estudiante no caiga en los condicionamientos de la mediocridad, de la superficialidad, del error, de los prejuicios, y de la servidumbre de una especialización obsesiva. Sólo entonces brotará la sabiduría, seguida de la prudencia y, quizás, podrá instaurarse un nuevo orden social y jurídico. Manuel Ramón 0. Escasa *

(*) Director del departamento de Humanidades del College de Letras y Ciencias del Center for Reserarch and Communication (CRC) de Manila.
Economics & Society. Revista del CRC.





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